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Hora punta


El vagón de metro está abarrotado. Hora punta en Madrid. Las miradas, fijas en las pantallas de los móviles. Hay quien lee, pero es difícil sujetar un libro cuando tan sólo unos pocos centímetros te separan de quienes te rodean. Yo prefiero observar.

Las caras grises que me rodean delatan el cansancio de mis compañeros de viaje. No es sólo el sueño de la mañana el que se asoma a sus ojos, hay algo más. Algo que ha crecido en los últimos años, y de lo que muy pocos se salvan. Yo no me cuento entre los afortunados. Una sábana de desánimo ha caído sobre nosotros y peleamos por salir de debajo de ella, sin encontrar un agujero por el que escapar. Con cada vuelta que damos buscando un resquicio de luz, nos enredamos más y más en la tela.

Una mujer recorre el tren, rogando con voz lastimera unas monedas que sólo un par de personas le ofrecen. "Imaginen el día que estén ustedes en mi lugar", repite. Y en las caras de algunos de los presentes se lee el miedo a que esta velada amenaza sea demasiado real.

Sobre el silencio que esta mujer deja a su paso por el vagón, cae otro silencio. El de las pantallas que a lo largo del tren ofrecen información y entretenimiento a unos pasajeros que apenas las miran. Ahora mismo, muestran a un hombre sonriente frente a un micrófono. "Emilio Botín. Banco Santander.", reza el rótulo que le acompaña. Su identificación desaparece para subtitular sus palabras: "Está llegando dinero a España por todas partes".

Que alguien pare el tren, por favor, que yo me bajo.


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Vía sólo hay una


Es gracioso ver cómo te asemejas a un gatito ronroneante cuando él te acaricia el pelo. Los ojos cerrados, la sonrisa relajada, y todo tu cuerpo estirándose de placer. Parece mentira que tan sólo cinco dedos sobre tu cabeza sean capaces de acercarte tanto al cielo.
 
Tú, y él. No importa nada fuera de vuestro mundo transparente. Veis nevar, pero bajo la manta que os cubre, el mal tiempo parece no existir. Habláis, pero las palabras parecen sobrar. Son vuestros ojos los que cuentan vuestra historia. Entre parpadeo y parpadeo, mil aventuras soñadas; cientos de viajes a lugares que sólo vosotros conocéis; decenas de vivencias inolvidables. Todo esto, en vuestras miradas.

Son estos momentos los que te gustaría guardar en un baúl para conservarlos por siempre. Pero tampoco te hace falta, piensas. No se van a ir a ningún lado. En vuestra burbuja, todo está a salvo del tiempo. Las estaciones parecen haberse olvidado de vosotros. Eterno invierno. Cuando empieza a nevar, todo regresa al principio. Los dedos sobre tu cabeza. La manta. La nieve.

Siempre nieva ahí fuera. Fuera de vuestra manta, dentro de vuestra burbuja.

Y os volvéis a mirar. Porque para salir de aquí, de vuestra pequeña bola de cristal, vía hay sólo una: soñar.


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No estamos para bromas


Se alegra de que los zapatos sean un par de tallas más grandes de lo que un pie como el suyo necesitaría. Cuando el calor abrasa en verano, la brisa corre entre la piel que un día perteneció a algún animal y la suya propia, y durante el frío invierno, unos periódicos apretados contra el fondo consiguen que casi pueda olvidar los agujeros de las suelas. 

Lo que sí le gustaría es que los colores del abrigo hubieran permanecido más vivos, es demasiado fácil pasar desapercibido cuando el color de su ropa se funde con el de la acera. Pero todo el tiempo que ha pasado sobre ésta ha acumulado tanto polvo y suciedad sobre la tela, que ya es parte de ella.

Afortunadamente, lo que aun puede hacer cada mañana es recuperar la sonrisa que desde hace tantos años ha visto reflejada en el espejo. Lo ha convertido en un ritual, parte de lo que le permite conservar la rutina en su vida desprovista de horarios laborales o una apretada agenda. Cualquier escaparate es suficiente para devolverle su propia imagen, mientras con pulso firme dibuja en rojo la expresión que sus labios ya no son capaces de mostrar.

Frente a él, un canastillo con unas pocas monedas, la mayor parte de ellas de tan poco valor, que fueron olvidadas en el fondo de algún bolsillo hasta que su propietario decidió que pesaban demasiado. La risa ya no está de moda. Precisamente cuando es más necesaria, cuando podría aliviar los problemas de los que todos nos quejamos, se escucha demasiado que, "con esta crisis, no estamos para bromas".

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Nota final


¿Recuerdas... recuerdas cuando la gente nos aclamaba? ¿Cuando todo eran aplausos, fiestas y felicitaciones? Las puertas se abrían a nuestro paso, y las luces se encendían para nosotros.

Claro que lo recuerdas... Era la razón por la que estabas ahí, por la que vivías. Cada vez que subíamos al escenario, sólo ellos existían para ti, tu público. Recogías sus emociones para alimentar tu existencia, y con sus aclamaciones te elevabas hacia la felicidad absoluta. Yo te contemplaba junto a mí, y te veía brillar. Notaba cómo tu cara se iluminaba, todo tu ser parecía flotar a unos centímetros del suelo.

Pero por aquel entonces, no sabía cuál era la fuente de tu gozo. Iluso, me atreví a pensar que yo formaba parte de esa energía que te impulsaba, al igual que tú me hacías seguir adelante cada día. Sólo despertar junto a ti, ya era razón suficiente para levantarme con ganas de comerme la vida. Y sobre el escenario, eran tus movimientos los que guiaban mis pasos, la música parecía un adorno innecesario cuando tus pies se deslizaban sobre el suelo. Tus brazos dibujaban sus propias notas en el aire, y tu corazón marcaba el ritmo de mi cuerpo.

No temía al fracaso, porque la fama era sólo un juego que disfrutar junto a ti. Si terminaba, buscaríamos otro juego para nosotros, que nos hiciera felices lejos de los focos y las recepciones. Disfrutaríamos de nuestra compañía, y bailaríamos a oscuras la música de nuestra vida. Sin nadie que nos observase, sin nadie a quien complacer. Sólo nosotros, y nuestra melodía.

Pero no era igual para ti, ¿verdad? Para ti, yo era sólo era ese compañero de viaje que resulta agradable y hace las horas más amenas con su charla. Que ayuda a cargar las maletas, e incluso vigila el equipaje durante tu sueño. Pero cuando el viaje termina, os despedís con un beso en la mejilla y un "hasta la vista", aunque sabéis que nunca os volveréis a ver. Ese era yo para ti.

Por eso ahora, cuando los focos se han apagado y los aplausos se han acallado, cuando la música ha dejado de sonar, has decidido que te apeas de este tren. Ya no podemos decir que somos los favoritos, otras personas con otras melodías han ocupado nuestro lugar sobre el escenario. Ya no hay un público que alimente tu existencia, y tu vida se ha marchitado. Has silenciado tu propio corazón.

Y siendo tus latidos los que han marcado mi ritmo hasta ahora, ¿cómo voy a seguir adelante? Ya no tengo ninguna melodía que seguir, ninguna nota guía mis pasos. Ha llegado el momento de hacer mi última actuación, ahora que aún consigo recordar cómo te movías junto a mí. Si cierro los ojos, aún puedo verte flotar sobre el escenario y escuchar la música de tu sonrisa. Prefiero no abrirlos nunca más, y acabar mi baile con un último paso junto a ti.


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