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Para sacar a un hombre de la cabeza, aplicar champú sobre el cabello húmedo y masajear suavemente con los dedos. Aclarar con agua abundante y repetir tantas veces como se desee.

Para borrar las caricias de sus manos, deslizar la esponja espumosa sobre la piel que él tocó y frotar hasta conseguir el efecto deseado.

Para olvidar sus palabras, seleccionar nuestra música preferida y subir el volumen de manera que su eco quede anulado.

Nota: Algunos hombres dejan marcas más profundas que este método no conseguirá eliminar por completo. Si éste es su caso, añada tiempo a la ecuación.


Reflejos


Sus ojos. Siempre le habían obsesionado sus ojos. El brillo que veía en ellos cuando dirigía la vista hacia ella. Se sentía deseada y querida cada vez que él posaba su mirada sobre su cuerpo. No le importaba su color, ni su tamaño, ni aquella pequeña mancha que se apreciaba sólo cuando más los abría. Le gustaba que la mirara, y la imagen de ella que él le devolvía.

Por eso, cuando sus ojos empezaron a seguir otros cuerpos, cuando dejó de verse reflejada en ellos, cuando aquel brillo desapareció, tuvo que hacerlo. Se asustó. Cuando sus pupilas se apagaron por completo, pensó que nunca recuperaría aquella luz. 

Pero la primera capa de barniz le devolvió la esperanza. Tras la tercera aplicación, volvió a verse reflejada en aquellos ojos como al principio. Desde aquella estantería, siempre seguirían devolviéndole la imagen de la mujer que ella quería ser.


Libros y galletas


A Julia le gustaba correr por el pasillo. Cada vez que su madre la llamaba para cenar, recoger su cuarto o cepillarse los dientes, avanzaba por el corredor disfrutando cada paso o brinco que daba. A veces incluso, lo recorría sin razón alguna, arriba y abajo hasta que alguien la reprendía. 

Lo que los adultos no sabían es que, lo que más le gustaba de aquel pedacito de su casa, era la ausencia de obstáculos. Si Julia tenía algo claro sobre sí misma, es que era bastante torpe. Y cuando digo torpe, me refiero a que no había mueble de la casa con el que la niña no hubiera chocado. Era usual que su piel mostrase moratones provocados por aquellos encontronazos, aunque había ocasiones en las que ni ella misma podía recordar cuál de las piezas que decoraban la casa era la responsable.

Julia soñaba con espacios abiertos, en los que moverse sin miedo a tropezar. Tenía muy claro que su casa no tendría muebles. O si los tenía, serían suaves como nubes, igual que los peluches que reunía en su cuarto. Pero hasta que su hucha engordase lo suficiente como para comprarse el hogar de sus sueños, debería aprender a vivir en aquel lugar.

A menudo, tras leer algún libro en su cuarto, se quedaba absorta mirando al techo, imaginando las aventuras que ella misma tendría si pudiera viajar a aquellos mundos maravillosos. En una de aquellas ensoñaciones, cayó en la cuenta de que el techo de su habitación presentaba exactamente la misma planta que el suelo. Las mismas esquinas, la puerta en el mismo lugar, y la ventana a la que asomarse para ver el jardín. Y, lo que era aún mejor, no tenía muebles. Salvo la pequeña lámpara que colgaba en el centro, claro, que sería fácilmente esquivable, con tanto espacio libre a su alrededor. Así que, decididamente, dio un brinco y se plantó allí arriba.

Al principio, la sensación del pelo cayendo hacia abajo la sorprendió un poco, pero en cuanto lo recogió sobre la nuca, el problema desapareció. La sensación era asombrosa. Podía recorrer su cuarto saltando y brincando por el techo, sin miedo a chocarse con nada. Al principio limitó su exploración al espacio entre las cuatro paredes de la habitación, pero al rato se aventuró a salir al pasillo. Y de allí a la cocina, el comedor, el salón... Pudo recorrer toda la casa sin chocarse una sola vez. Cruzar las puertas era algo más difícil, pero las ventajas superaban con creces aquel problema.

A sus padres les costó aceptar aquella manía de la niña, claro está, pero con el tiempo comprendieron que así era como debía ser. Julia pasaba las horas muertas en el techo de su dormitorio, leyendo, dibujando, e incluso durmiendo sobre una montaña de cojines si el sueño la sorprendía allí arriba.

El único problema que aquella costumbre tenía, era que sus amigos no la podían acompañar. Inexplicablemente, ellos eran incapaces de encaramarse al techo de un salto, y si lo intentaban con una escalera, al poco rato se cansaban y debían bajar. Julia necesitaba desesperadamente un nuevo amigo.

Afortunadamente, cuando llegó el verano, una nueva familia se mudó a la casa de enfrente. La niña observó el ir y venir de cajas y muebles durante un par de días. Se trataba de una pareja joven, como sus propios padres, con un niño de su misma edad. Con la curiosidad propia de la infancia, Julia se pegó al cristal de su ventana durante tardes enteras, intentando averiguar más de aquellos nuevos vecinos. Su cabeza aparecía en la parte superior del cristal, empañando el cristal con su respiración.

Cuál sería su sorpresa al ver en la ventana de enfrente otra cabeza igual de curiosa que la suya, e igual de encaramada al techo. La amistad surgió al instante, a pesar de la distancia. Se llamaba David. Venía de una ciudad del norte. Y tenía debilidad por Peter Pan. De todo esto se enteró Julia gracias al sistema de comunicación que inventaron, consistente en una cuerdecilla tendida entre las dos casas, a través de la que deslizaban sus cartas. También intercambiaron sus libros, y durante semanas compartieron sus sueños de aventuras.

El plan de fuga no tardó mucho tiempo en estar diseñado, pero debían encontrar el momento perfecto. Éste llegó a principios de agosto, durante una noche despejada. El resto de niños había acudido con sus padres al parque, donde habían apagado las farolas para permitir disfrutar de la lluvia de estrellas. Pero ellos no se conformaban con verlas desde el suelo. Allí arriba no había obstáculos, tan sólo nubes suaves, gotas de lluvia y la isla de Nunca Jamás.

Cada uno llevaba una mochila, cargada de libros y galletas. Abrieron las ventanas, sacaron primero un pie y después el otro, y, poco a poco, suavemente, se dejaron caer hacia el cielo, impacientes por descubrir qué aventuras les esperaban allá arriba.

Nuestro último encuentro


En el momento en el que crucé la puerta, supe que por fin iba a suceder. El instante que había esperado durante años estaba a punto de presentarse ante mí. Dentro de unos minutos, ella cuzaría aquel mismo umbral con su vestido azul de flores. Sabía que se iba a sentar en la mesa junto a la ventana, y escogí la más próxima para mí.

Mientras esperaba, llené el silencio con la lectura del diario en el que recogía todos los momentos que habíamos compartido. Muchos recuerdos, cuidadosamente ordenados. Sólo una página en blanco. La primera de todas. La que esperaba completar hoy.

La puerta se abrió en el momento preciso. Allí estaba ella, nunca la había visto tan joven. Después de una vida juntos, por fin me conocería.

Pacientemente, esperé a que pidiese su café. Con espuma, como tantas veces le había visto hacer. El primer sorbo dejó una marca sobre su labio, que apresuradamente limpió con la servilleta. Antes de darle tiempo a coger el libro que reposaba sobre la mesa, me acerqué a ella.

- Hola, Julia.

No fue temor a un desconocido lo que asomó a sus ojos. Fue curiosidad. La misma curiosidad que me cautivó hace tantos años.

- Puede sonarte raro, pero la última vez que te vi, ya estabas muerta. Fue un funeral bonito, ¿sabes? Todos nuestros amigos estaban allí... 

La curiosidad en sus ojos iba en aumento. Ahora sé que me tomó por loco, ella misma me lo confesó en nuestro siguiente encuentro.
 
- Sé que no es fácil de comprender, tampoco espero que lo hagas ahora. Este momento, en el que tú me ves por primera vez, será para mí nuestra última reunión. La linealidad temporal nunca ha sido lo mío. Pero eso ya lo descubrirás. Tienes por delante mucho tiempo para aceptarlo. 
No puedo adelantarte nada más de nuestra historia. La tengo toda aquí recogida, ¿sabes? No te dejaré leerla, pero si aceptas, la viviré junto a ti. Te prometo que será maravillosa. 

Lo sé, porque la he vivido.

Y al finalizar, os hiero


Dos pasos adelante. Finta a la derecha. Guardia alta.

Guiño a la doncella.

¡Molinete! Esquiva giratoria……. ¡Traspiés!

Frase ingeniosa, y volvemos a empezar.

Pasos, finta, guardia. Podemos incluir algunas variaciones.

Y al finalizar, os hiero.


- Nada grave, ¿verdad? Un pinchazo, algún pequeño corte…


- Le aseguro, caballero, que toda sangre vertida servirá a la causa. No son los héroes invencibles quienes conquistan a la dama, sino quienes están dispuestos a derramar su sangre por ella.

Serán dos maravedíes por la función simple. Si queréis añadir algún aditamento como atacante exótico, frase dramática de despedida o capa ondulante, podemos negociar precio.